Mal de Alzheimer

Silencio. Ni tan siquiera resuena el eco de un pensamiento en la figurada cabeza de una habitación deshabitada. Vacía; vacía de responsabilidades, de sentimientos, de agonías… Llena de experiencias, de ricos matices de vidas concebidas entre sus cuatro paredes, ansiosas de ser descritas por un espectador glamuroso; el tiempo.

 

Solemne soledad, pulcros avatares de ingenuos miedos; últimos coletazos de una actitud desafieante; el orden.

 

Ha pasado Chronos; marcando su huella inevitable ha esparcido risas y llantos, amores y desamores, miedos y confianzas, claros y oscuros… vinculando sus recuerdos a estas cuatro paredes. Sin más, no pedimos permiso a quien morase y decidiese vivir nuestras desventuras; pero las vivimos. Y ahora, llegado el momento de echar la vista atrás, intentamos conciliar nuestra experiencia con las memorias; pero no podemos. El tiempo ha decidido robarnos los anhelos de narrar nuestras vivencias, de volver a experimentar las sensaciones de la primera vez que amamos, que odiamos, que nos comunicamos. Sólo quedan estas cuatro paredes como testigos únicos de la verdadera edad que no decidimos vivir.

 

Discuten el orden y la soledad. Defienden la imperiosa necesidad del silencio; a su modo, cada uno se vale de la ausencia para buscar en su fuero interno el equilibrio constante con el caos.

 

Misceláneas de sentimientos abarcan el corazón de la habitación. Lucha contra el eco, contra el orden; quisiera tomar parte en el juicio del tiempo remoto. Olvidada su opinión, juez parte de la vida, recuerda el principio y el fin de la existencia. Admite sus errores, exorciza sus temores y arremete con violencia provocando un crujir de dientes en sus paredes. Evoca sentimientos de rabia, de ira contenida en un pleito ya sentenciado y predispuesto en final.

 

Roto el silencio, temeroso el orden y la soledad, emanan colores de las cuatro paredes engrandecidas por su valiosa decisión; dibujan sentimientos en el aire agitando el siroco de la venganza, destruyendo a su paso el anquilosado olvido y el prohibido maleficio. Es la hora.




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